Blas, el silletero

El noble hijo de Santa Elena, Blas Emilio Atehortúa Amaya, regresó a su tierra el pasado 13 de agosto, para recibir un homenaje en la escuela de música que lleva su nombre. Conmovido y sensible, prometió retribuir tanto cariño con una obra musical para el corregimiento. Inició su saludo trayendo una frase de Atahualpa Yupanqui para expresar su alegría al estar en Santa Elena: “Las leguas desaparecen si el alma empieza a desear”.

“Yo nunca prometo nada porque las promesas nunca se cumplen, pero sí creo en la voluntad de hacerlas, que voy a hacer una obra para el año próximo que se estrene aquí, para orquesta sinfónica, banda y coros infantil y juvenil, en varias dimensiones, que la vida se me prolongue hasta ese momento. Dame el privilegio Señor de escribir esta obra, si tiene que ser la última que sea muy buena para mi comunidad de Santa Elena”, dijo con la voz quebrada ante un auditorio repleto de niños y jóvenes músicos y padres de familia.
Muchas obras ha escrito y acompañado el maestro Atehortúa y sin embargo, aunque tiene varias dedicadas a temas locales, no tiene una sola obra para Santa Elena y por eso su intención de hacer una composición para su lugar de nacimiento.

De Santa Elena para el mundo

Blas Emilio Atehortúa Amaya es oriundo de la Vereda El Plan, donde nació el 22 de octubre de 1943. Pasó muy pocos años en Santa Elena pues emigró a estudiar. Su disciplina con la música lo llevó lejos del terruño, aunque sus obras -tiene más de 400- demuestran el inmenso cariño a las cosas sencillas, a la tierra y a lo autóctono de su Colombia, Antioquia y Santa Elena del alma. El homenaje que hicieron los jóvenes músicos del corregimiento se abrió con “Torbellino de la tierra paisa”, una obra a la que el maestro le tiene buen aprecio y que es interpretada por decenas de bandas sinfónicas en el país como una de las favoritas entre los clásicos de la música colombiana tradicional.
Su sensibilidad le ha inspirado obras relacionadas con temas sociales, del común, costumbres, patrimonio, realidades del planeta o del país. Por eso no es raro ver que entre las más de 400 obras que ha escrito haya piezas como “Sinfonía para Ana Frank” para cuatro solistas, coro infantil, coro mixto y orquesta, escrita en 1990 o “Réquiem del silencio, a la memoria de Guillermo Cano I. y Rodrigo Lara” para coro mixto y orquesta, de 1987.

En dos

Gratamente sorprendido llegó a Santa Elena, dijo no merecer tanto y que su vida se partía en dos con este homenaje. “Mi alma ha deseado estar aquí en Santa Elena, siempre mi pensamiento, mi mente y mi corazón están aquí en Santa Elena, pero apenas hoy fue posible, por eso la palabra Gracias se hace muy grande para abrigarlos a todos por acogerme hoy. Mi vida se parte en dos luego de venir hoy a Santa Elena, es volver a nacer con otro corazón, con otros afectos, cosas muy hermosas que me da la vida. Esta es la distinción más humana y hermosa que yo pueda recibir, aunque he recibido muchas distinciones en muchas partes, pero aquí recibí la más hermosa, los silleteros me hicieron silletero honorario, la más profunda y valiosa para mi, pues yo con mi música me siento llevando una silla con flores por el mundo”, expresó.

 

Asistió al homenaje con su esposa Sonia y su nieto Santiago, quien ya sigue sus pasos. A la entrada de la escuela lo recibió una silleta en su honor.

Muy creyente, pidió “ese privilegio de seguir, que cuando yo termine mi etapa, mi espíritu siga abrigando y ayudando a que esta comunidad se extienda a Colombia y al mundo”.

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