La despersonalización del territorio

Foto de portada: Vereda Mazo (no El Mazo)

Cuando en redes las personas, incluso las instituciones oficiales, empiezan a nombrar las veredas como El Mazo, El Perico, Piedras Gordas, no saben dónde queda El Emburrao o Tres Puertas o creen que toda la zona norte del territorio se llama Arví, estamos ante una clara y peligrosa despersonalización del territorio. Por supuesto, hay que resistirnos.
La memoria es lo único que le queda a una zona que ha sido modificada económica, social y urbanísticamente por el turismo y que aún lucha por conservar sus vestigios más importantes de pasado, en los que, incluso, habitaron cruciales comunidades indígenas y que fue también cruce de caminos en recorridos desde el norte y hacia el sur de América. Santa Elena no es cualquier lugar y debe ser conservado, al menos en la historia que guarda, a propósito de que todo lo demás va desapareciendo en medio de una acelerada y desorganizada urbanización.

Bien claro, Vereda Perico, no El Perico.

No podemos olvidar la historia, lo que ha forjado el territorio, su conformación histórica, sus ancestros, los nombres de sus lugares o sus sitios emblemáticos. Hay que recordar que la zona denominada Arví no es el Tambo, aunque lo contenga y que está compuesta por veredas como Piedras Blancas (primer asentamiento local, mucho antes que la centralidad de Santa Elena), Mazo (primera parroquia y que fue hasta corregimiento de Guarne), Piedra Gorda y Barro Blanco.
Nuestras busetas locales no deberían decir Arví o Tambo sino Piedras Blancas y que la gente se acostumbre a entender que Piedras Blancas es la vereda que aloja una parte del denominado Parque Arví, no al contrario. Hoy, Arví diluye en sus letras un inmenso sector compuesto por cuatro veredas de Medellín y otras de Guarne.
Pero no es solo Arví, para no ser injustos. Gente nueva que llega a vivir a Santa Elena, incluso a veces entidades de la Alcaldía de Medellín, nombran los lugares como les parece que suena y no se dan siquiera a la tarea de averiguar las denominaciones reales. Es increíble que funcionarios envíen invitaciones a eventos citando un sitio como Vereda El Mazo o hablen de El Perico, sinceramente no hay derecho. Nos irrespetan. Y tal vez digan, qué exagerado lo que escribimos en este editorial, pero no, cambiar los nombres es arrebatar la identidad. O pregúntense ustedes, ¿a quién le gusta que le cambien el nombre? La pregunta se responde sola.
Ya hace unos años la comunidad de las veredas Piedras Blancas y Mazo se resistieron (aún lo hacen) al cambio de denominación de los caminos ancestrales en su territorio, los cuales fueron modificados por la Corporación Parque Arví para poner nombres más sonoros para los brochures y la publicidad. Fue así como los caminos La Rojas, La Gutiérrez, La Vanegas, La Gurupera, La Saldarriaga o Camino de La Playa, entre otros, pasaron a llamarse Sendero de La Flora, El Arroyuelo, Biodiverso y Ancestral

Imagen de la edición número 65 de Viviendo Santa Elena, correspondiente a septiembre-octubre de 2011. En ese momento, los letreros bonitos de Parque Arví, con las denominaciones impuestas fueron robados y reemplazados por anuncios como el de la foto en la que se hacía énfasis en el nombre tradicional.

Bien lo decíamos hace 11 años, que la toponimia, o sea la denominación popular, puesta autónomamente por los habitantes de esos lugares y utilizada de generación en generación por décadas a través de la tradición oral, hace parte de la memoria y es imperativo conservarla. Publicábamos en nuestra edición 65 de septiembre-octubre de 2011, según palabras de Clara Lucía Grisales, antropóloga y asesora en asuntos culturales de Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, que “Los nombres que se le dan a un territorio construyen sentidos, dinámicas, relaciones. Cuando usted cambia una toponimia, desarticula una relación, un momento de ese relacionamiento, está dejando un vacío en el hecho ancestral. Está dejando sin marca aquello que ya estaba marcado. Lo primero que hay es un desconocimiento de una impronta. Lo que no se nombra no existe, porque el nombre no es un capricho. Generalmente el nombre está en comunicación con lo que identifica, con lo que es y con lo que representa para esa comunidad”.
Al cambiar los nombres desde la institucionalidad o por la llegada de nuevos residentes sin sentido de apropiación del territorio se genera desarraigo, desconocimiento y con el tiempo se modifica lo ancestral y tradicional por lo comercial o despersonalizado sin la historia que hay detrás.
Este editorial es un llamado a que quienes sepamos los nombres reales de los lugares hagamos pedagogía simple, con vecinos, con amigos, con recién llegados, en redes, en comunicaciones, siempre y todo el tiempo y no permitamos que los sitios cambien de nombre. No patrocinemos más desarraigo, además del que ya se padece en el territorio.

2 comentarios en «La despersonalización del territorio»

  • el 27 diciembre, 2022 a las 1:26 pm
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    Ana, súper importante este Editorial y considero que las JAC tienen una tarea que accionar, desarrollar y cumplir en pro de la historia y tradición del corregimiento.
    Yo iniciaría con cambiar los nombres de las rutas del transporte público como tarea inicial ni solo para el turismo sino para los habitantes comunes y corrientes que estamos en el territorio.
    Tarea seguida los colegios, los silleteros etc, etc.Muy valioso este Editorial, gracias.

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  • el 27 diciembre, 2022 a las 1:41 pm
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    Ana excelente editorial. Muchas gracias

    Respuesta

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